Midrashim y villancicos

 

Por María Teresa D’Auria

(Montevideo)

 

Como los midrashim, los villancicos son el fruto de una imaginación empapada en fervor. Lo que dicen no está, tal cual, en ningún texto bíblico. Pero no es arbitrario: en ese registro de la ficción se expresan profundas intuiciones sobre la esencia de las cosas. Su ropaje de imágenes conquista el corazón.

No hay en los villancicos la erudición subterránea de algunos midrashim ni tampoco una intención didáctica, inspirada en la ética. Quien los impulsa a existir no es tanto el “darsheni” del texto sino aquella necesidad de cantarle y cantarle a lo que se quiere.

Ciertas facetas de los villancicos reflejan una actitud frecuente en los midrashim: la voluntad de actualización, de “inculturación” del texto bíblico. Así como el Targum, por ejemplo, en un maravilloso anacronismo, pone en boca de Noemí advertencias a Rut sobre los peligros del helenismo, un villancico español corre a avisarle a María que los gitanillos entran a robar. Otro, andaluz también, cuenta cómo hay que regalarle al niño una guitarra flamenca y batir palmas para que aprenda a bailar. Villancicos latinoamericanos no dudan en abrigar al niño nacido en Oriente con el poncho blanco de los indios andinos. Países de racismo exacerbado producen villancicos donde Jesús es negro.

No faltan, al pasar, los toques de lirismo: las sábanas de luna para el niño que no tiene pañales, cuya sola mirada, a media noche, provoca un relumbrar de sol; la planta de romero que florece cuando se acerca María...

Aquí y allá, en midrashim y villancicos, esa frescura secular: “nada es más joven que una vieja canción”. Similitud, también, en la actitud de los oyentes: esa complicidad de quien conoce bien las reglas del juego, de quien disfruta del encanto aparentemente ingenuo de los relatos.

Ausencia, en ambos casos, de autoridad formal: ni villancicos ni midrashim son normativos. Nunca intentaron competir con los austeros exponentes de la fe. Y no demuestran nada, sino que la fidelidad es creativa. (Tal vez por eso sean tan atrayentes).

Como los juegos de María de Montserrat, unos y otros “viven en poesía, que es una especie de verdad”.